Mostrando las entradas con la etiqueta CUENTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta CUENTOS. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de julio de 2007

Instrucciones para subir una escalera, por Julio Cortázar.


Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.


De "Historias de Cronopios y de Famas", Julio Cortázar, 1962. © 1996 Alfaguara

domingo, 10 de junio de 2007

Noches de vida

Noches de vida
por Fernanda Solórzano
I

El recién llegado era casi perfecto. En palabras de Ciro, ³lo mejor que hemos visto en mucho tiempo². Su piel, tersa y morena, no se afeaba con la luz verdosa y nada favorecedora para la mayoría. El cabello era rizado y muy negro, y contrastaba con el azul profundo de los ojos que, por descuido de alguien, permanecían muy abiertos. La nariz, la boca y las orejas (a las cuales Ciro concedía mucha importancia) armonizaban entre sí y aumentaban la simetría de la cara, dando por irónico resultado una expresión de vitalidad. Una vez que pudo apartar la mirada del rostro, Ciro decidió examinar el cuerpo. Era igualmente bello. A pesar de la posición horizontal, se apreciaba una perfecta definición muscular, y el hecho de que no hubieran golpes ni heridas (como en la mayoría de los casos) le permitiría apreciarlo en su forma original, indescriptiblemente hermosa. Había apenas un defecto, prácticamente imperceptible: el color morado de los labios. ³Lástima -pensó Ciro-, es el único problema que ocasiona la asfixia.²

II

Hasta el momento, Ciro consideraba que su puesto como encargado de la morgue de un pequeño sanatorio era el más adecuado a sus necesidades. Por una parte, trabajaba solo, lo que le evitaba el tener que dar explicaciones (de cualquier tipo). Por otra, el horario nocturno era ideal para actuar sin interrupciones (Ciro odiaba ser interrumpido). A lo largo de su vida, había desempeñado diferentes oficios dentro del mismo círculo, y ninguno le satisfacía tanto como este. Había trabajado en agencias funerarias (como encargado del vestuario y maquillaje de los cuerpos), pero el tiempo de trabajo era muy reducido: nunca había logrado establecer verdaderas relaciones con sus clientes. En épocas anteriores, como voluntario de un equipo de rescate, tenía la pésima suerte de encontrar supervivientes. Incluso logró colocarse como fotógrafo del servicio forense, pero el requisito de guardar distancia con los cuerpos no hizo más que aumentar su frustración. De cualquier manera, acumuló experiencia y descubrió sus aptitudes. Cuando llegó el momento de trabajar en el sanatorio, todas sus facultades se habían desarrollado, y sus sentidos se encontraban más receptivos que nunca.
* * *
Para Ciro, el placer más intenso provenía del contacto con la piel, un contacto completamente diferente al cotidiano, y que rara vez lograba establecer con seres vivos. En su muy particular experiencia tactil, Ciro descubría la verdadera textura del cuerpo humano. Sabía que, al disfrutar de un cuerpo privado de vida, era imposible confundir el goce sensorial con cualquier tipo de sentimentalismo que, en su caso, era generalmente ilusorio y por lo tanto destructivo. Por la misma razón, el sexo del cadáver era irrelevante e independiente de las posibilidades exploratorias que ofrecía. Ciro, como nadie, reconocía las diferentes sensaciones que ofrece la piel dependiendo de su ubicación en el cuerpo, diferencias imperceptibles para todo aquel que no se detiene a degustarlas. Para Ciro, el placer era clasificable de acuerdo al canal sensorial que estimulaba, de esta manera existían el placer afelpado (propio de mejillas, pecho y vientre), el placer húmedo (exclusivo de los labios), y el placer sedoso (ofrecido por el cabello), entre otros. Por supuesto, también intervenía el goce visual, los diversos tonos de piel, de cabello y de ojos le despertaban diferentes emociones: los colores claros le producían un estado de ánimo sereno, de contemplación; los tonos más intensos le inyectaban energía y aceleraban su pulso. Por otra parte, el saberse completamente dueño de aquella mina de estímulos y sensaciones, sin tener que fingir ningún tipo de consideración o que inventar promesas que finalmente nadie sostenía, le daba la oportunidad de observarse a sí mismo, los cambios que experimentaba durante el proceso y la forma en que su propio cuerpo respondía a ellos.
La exploración del cuerpo humano, considerándolo como fin y no como medio o instrumento, absorbía a Ciro durante horas enteras. Sin embargo, ésta era apenas una etapa de la experiencia total. Aún faltaba la mejor parte, la que iniciaba una vez que los sentidos se habían saturado. Esta consistía en la contemplación minuciosa del rostro congelado en la expresión capturada al momento de morir. Para Ciro, saber que los demás lo consideraban un ³rostro sin vida², representaba una prueba más de la misma ignorancia que los llevaba a desaprovechar el aspecto sensorial de la muerte. En este caso, Ciro sostenía que la expresión de un cadáver reflejaba la esencia de la vida mejor que ninguna otra. En su opiniïn, los seres vivos dedicaban su existencia a imitar gestos y expresiones ajenas; éstas, que a su vez habían sido aprendidas, tenían como objeto principal ocultar las verdaderas emociones. En los pocos momentos en los que el hombre manifiesta sus pasiones naturales, aquellas que carecen de connotación moral, ¿quién logra retener su imagen?, o más aún ¿quién se preocupa por hacerlo? El amor, el odio, el deseo, el dolor o la ira en su más pura manifestación, son tan difíciles de capturar como imposibles de imitar si no se experimentan verdaderamente. Y aun suponiendo que esto fuera posible, no hay quien desee la vulnerabilidad. El juego de los vivos consiste en evitarla por todos los medios posibles. Pero, en el caso de un cadáver... ¿qué puede ser oculto? No se trataba únicamente de la desnudez de la expresión, sino de lo significativo que resultaba el hecho de haberse dado en el momento de la muerte. A Ciro le apasionaba la idea de reconstruir la vida del cadáver a partir de su expresión, la cuál, según él, reflejaba su verdadero temperamento y, por lo tanto, sus relaciones con el mundo que había dejado atrás. De acuerdo a esta teoría, llevaba un cuaderno de notas bajo el título de Fisonomía del temperamento. En él registraba todos los rasgos que aparecían en cada cadáver. Después observaba cuáles se repetían con más frecuencia y los agrupaba bajo diversas categorías. Finalmente, relacionaba los diversos grupos con el tipo de temperamento al que, en su opinión, pertenecían. Prefería no tomar en cuenta las causas del fallecimiento (excepto en casos de suicidio, cuando sus conjeturas eran más detalladas), y confiaba únicamente en su intuición. Si fallaba, no tenía la menor importancia. De cualquier modo, nadie conocía aquel cuaderno, y su único objetivo era guardar un recuerdo de todos aquellos, hombres, y mujeres, con quienes había compartido momentos felices. Generalmente, la conclusión de sus notas coincidía con los primeros rayos del sol, apenas sugeridos a través de la diminuta ventana de la morgue. En ese momento, Ciro cubría el cadáver con la inconfundible sábana blanca y se preparaba para salir. Antes de cruzar la puerta (y esto se repetía cada mañana), volvía sobre sus pasos y retiraba la tela del rostro de su compañero nocturno. Lo contemplaba extasiado y se inclinaba lentamente sobre él. Con gran delicadeza, besaba sus labios por última vez.

III

Sí. El recién llegado era casi perfecto. Cabello, ojos, manos, boca. En pocas horas comenzarían a aparecer pequeños moretones (³...es el único problema que ocasionaba la asfixia²) que mancharían la magnífica piel morena, todavía tersa y muy firme. Ciro hizo un esfuerzo y apartó la vista para despedir a los camilleros. Miró hacia afuera, se despidió de todos y cerró la puerta. ³Los moretones -pensó-, ya no tardan.² Decidió no perder más tiempo. Era el momento de iniciar su trabajo.

Derechos Reservados. Copyright, Péndulo 1995. México.

jueves, 5 de abril de 2007

EURÍDICE


José de la Colina

Habiendo perdido a Eurídice, Orfeo la lloró largo tiempo, y su llanto fue volviéndose canciones que encantaban a todos los ciudadanos, quienes le daban monedas y le pedían encores. Luego fue a buscar a Eurídice al infierno, y allí cantó sus llantos y Plutón escuchó con placer y le dijo:
-Te devuelvo a tu esposa, pero sólo podrán los dos salir de aquí si en el camino ella te sigue y nunca te vuelves a verla, porque la perderías para siempre.
Y echaron los dos esposos a andar, él mirando hacia delante y ella siguiendo sus pasos...
Mientras andaban y a punto de llegar a la salida, recordó Orfeo aquello de que los Dioses infligen desgracias a los hombres para que tengan asuntos que cantar, y sintió nostalgia de los aplausos y los honores y las riquezas que le habían logrado las elegías motivadas por la ausencia de su esposa.
Y entonces con el corazón dolido y una sonrisa de disculpa volvió el rostro y miró a Eurídice.
 
Creative Commons License
Inframundo by Perla Guijarro is licensed under a Creative Commons Atribución-No comercial-No Derivadas 2.5 México License.