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martes, 3 de marzo de 2009

Polvo de ti en el suelo ensimismado
cuencos de ti hasta el fondo y por arriba
agua de ti me baña las palabras

Cópula de vulnerables y prosigue
números sin salida te denuncian
el sol la tarde el grito son un mismo ojo

Todo es agua en la noche compartida
Me descubro en tu antemuro como cuerpo
Emerges niebla
Yo los dedos adheridos

Mujer preservas el trigo hasta el verano
Aglomeración de luz es la tiniebla
Hay mesura en tus fugas
me desplazo

Eres causal cuando te heredas
estás llena de afecciones y habitada
qué azul sereno agradecida

Antes de hablar ya tengo tu vestigio
claridad de seres
sacramentos tuyos
Déjame buscarte cuando pasas

Esto es el mundo
sumisión de arena
abrazo de cálida penuria
escribir en tus ojos hacia dentro

La mujer sonrisa doble lo ha sabido
Continua y ascendiendo la luz de la fatiga
Te inmensas por el campo
Ya no estás

HOMERO ARIDJIS



lunes, 3 de marzo de 2008

DECIR ADIÓS.





Voy a gastarme todas las lágrimas del mundo. Y si es necesario vaciaré los mares y los ríos; para así al fin quedarme con la paz que me hace falta.

No dejaré que este dolor me llegue a ratos y por dosis, quiero inundarme en su acuático murmullo, no ser vacilación ante su nombre; rodearme de su callado abrazo y malgastarme.

Voy a gritar tu nombre, hasta que callen las voces de los muertos, hasta que al mundo no le quede más que guardar silencio, vestir sus ojos del luto que me invade.

En este profundo océano que es la noche, recorreré los nombres, dibujaré en el rincón del firmamento los recuerdos, todo aquello que no regresará; te bordaré silencios, risas y este sentimiento; te prenderé a mi alma aunque sangre; caminaré hasta el lugar en el que alguna vez viviste y cerraré la puerta para no dejar que vuelvas.

Voy a gastarme todas las lágrimas del mundo, hasta que revienten en mis manos los tallos de las flores y la tierra me otorgue otro cuerpo. Bajo las rocas me vaciaré completa buscando el retorno al salado mar de mi abandono.


Lunes 03 de marzo de 2008

lunes, 31 de diciembre de 2007

LA MUERTE EN TUS OJOS

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Jaime Sabines

- Me estoy muriendo de amor- dijo mirándome fijamente a los ojos mientras las lágrimas bajaban en un abundante manantial por sus rostro.

- El amor no es una enfermedad, si acaso un mal innecesario- le dije con ironía- la olvidarás.

Me miró como si yo fuese e un ser extraño venido de un lugar lejano sólo para menospreciar sus sentimientos.

- Cuando asistas a mi funeral te darás cuenta de que es cierto, la muerte me ronda cada vez que mis ojos se pierden en las comisuras de sus labios.

- Nataniel, estás loco, entiéndelo, la gente no se muere de amor.

Hacía frío, la medianoche caía inhóspita entre las calles, la plaza desierta había adquirido bajo la luz lunar un toque de melancólica soledad. Parado frente a él me di cuenta de que realmente sufría; sin embargo no estaba de acuerdo con su teoría exagerada acerca de la muerte y el amor. Me había pasado una y otra vez, la desilusión se había apoderado de mis noches muchas veces y seguí respirando, en ocasiones muy a pesar mío.

-Vamonos - le dije- me estoy congelando y no hay nada que hacer.

-¿Sabes qué es un amor imposible, Rogelio?

-Vamos, no sigas con tus cosas.

- ¡Responde!- dijo entre sollozos.

- Pues, supongo que un amor imposible es aquel que jamás podrá ocurrir, aquel que jamás será nuestro- Contesté malhumorado.

- Exacto, con un amor imposible perdemos un año de nuestras vidas cada vez que miramos a esa persona que jamás será nuestra, y te juro, Rogelio que si me la sigo topando tarde o temprano me voy a morir.

No respondí. Su extravagante manera de ver los sentimientos empezaba a desesperarme. Así había sido siempre. El primer recuerdo de nuestra amistad era un Nataniel golpeándome por haber dicho que mis padres se odiaban.

“¡No tienes derecho a pensar que conoces los sentimientos de los demás!

Muchas veces durante los quince años de amistad que teníamos lo había escuchado decir que esperaba a la mujer que lo hiciera entrar por primera vez a la vida. Ni en los tiempos de juventud, burdeles y amores fugaces conseguí que se interesara en alguien. Me preocupaba la soledad en la que a veces se encerraba. Semanas enteras enclaustrado en su cuarto, noches en vela escribiendo las frases más cursis para esa, la mujer que no llegaba. Curiosamente Nataniel había padecido una silenciosa y pálida muerte: La muerte de aquellos que pasan los días esperando un espejismo que nunca llegará.

- Va a ser perfecta, cuando la tenga frente a mí sabré que es ella. Su sola mirada valdrá todo el tiempo de esperas y desvelos- Me decía una y otra vez. Yo, sólo lo veía, unas veces con burla, he de admitirlo, otras con lástima. “Un tipo cómo él no encaja en este mundo, si no sé da cuenta de cómo es en realidad la vida yo no sé que será de él” Pensaba al verlo garabatear palabras y más palabras, mientras suspiraba bajo la quietud de las madrugadas.

Al fin, una noche de septiembre vi como su expresión taciturna se transformaba al verla entrar a la habitación. Era Mercedes, una mujer hermosa sin duda, poseedora de una sonrisa de encanto y una personalidad arrobadora. Probablemente yo también me hubiese quedado prendado de ella sí no hubiese tenido el mínimo defecto de ser la hija ilegítima de mi padre.

Nataniel, temblaba cuando me arrastró hacia la estancia para decirme:

- ¡Es ella, Rogelio, es ella!

Siempre pensé que lo mejor para Nataniel sería encontrar a la “tan buscada mujer” antes de que los años se llevaran lo mejor de él. En realidad siempre me preocupó que un día terminara realmente trastornado. Sin embargo, para mí pesar, la solución a la extraña personalidad de mi amigo no fue Mercedes, muy por el contrario la melancolía se le agudizó, dejo de comer y las noches de insomnio se convirtieron en su vicio. Todas las noches venía a casa, pero frente a ella no decía palabra alguna, si bien es cierto que su mirada hacía evidente el fervor que le profesaba nunca hizo nada por acercarse a ella, más que provocarle repentinos sonrojos debido a la pasión que se desbordaba por los ojos de él cuando la tenía cerca.

Una noche, llegó temprano a casa, me llevó al estudio y me dijo:

- Es hora de decírselo, es hora de que sepa que es a quién tanto esperaba.

Me quedé callado, esa misma tarde me había enterado de algo que sin duda trastornaría el futuro de muchas personas, incluido el de Nataniel.

- Siéntate y escucha con atención- dije- Mercedes ha venido al pueblo por una única razón, como mi padre ya no está con nosotros ha venido a pedir mi aprobación para… bueno, ella va a casarse y planea venir a vivir aquí con su esposo.

Mi amigo se quedó quieto un largo rato, sin expresión alguna en su rostro, sin, casi podría asegurarlo, siquiera respirar. Su única reacción fue salir calladamente del cuarto y caminar hasta la puerta. Horas más tarde lo encontré en la plaza vacía, lloraba y repetía una y otra vez que moriría sin ella o cada vez que la viera.

- Vete unos días del pueblo, aléjate de ella, verás como eso te ayudará a olvidar.

No contestó y me sentí seguro de que analizaba la posibilidad de poner en práctica mis palabras, por eso fue que la noche siguiente me sorprendió verlo llegar a casa a la hora habitual.

- Creí que me habías dicho que te hace daño verla- lo dije al verlo llegar- ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

- Acelerando mi muerte- contestó pasando a la sala. Pude notar que no había dormido en días. Las ojeras habían adquirido un tono morado que contrastaba con la palidez de su rostro.

Pasaron los tres meses de amonestaciones y no hubo noche en que Nataniel no visitara nuestra casa. En todos esos días la sorpresa no dejo de invadirme cada vez que lo veía cruzar la puerta y sentarse frente a ella sin decir nada. Aun ahora no puedo entender de dónde sacaba el valor para continuar torturándose noche tras noche. Ni siquiera faltó el día que el prometido de Mercedes asistió a pedir su mano. Yo sabía que sus madrugadas estaban llenas de llanto y que casi había dejado de probar alimento; pero él no era un ser humano común y corriente al que uno pudiese ayudar con facilidad. Intenté una y otra vez persuadirlo de continuar con las visitas, pero jamás obtuve resultados. Pasé largas horas discutiendo con él, intentando hacerle entender que la gente no se moría por un sentimiento tan común como el amor, pero hacía caso omiso de mis palabras.

Hace tres noches descubrí que debí prohibirle la entrada a nuestra casa a tiempo. Llegó un poco tarde. La familia estaba reunida en la sala. Al día siguiente Mercedes se casaba y discutíamos los últimos detalles. Nataniel estuvo más taciturno que de costumbre, pude notar como minúsculas gotas de sudor le empapaban la frente. No dijo nada, sin embargo pude notar cómo esta vez su mirada era aún más insistente. Mercedes debió notarlo también pues mantenía la vista baja, como intentando evitar un último e inapropiado sonrojo. Supongo que no lo consiguió, supongo que la veneración que ese hombre le había profesado durante todos estos meses pudo más y al fin levantó la vista. Clavó sus ojos en los de él y esa única mirada se prolongó más de lo conveniente.

Inesperadamente se levantó y sin decir nada salió de la casa. Fui tras de él, caminaba tambaleante y una cuadra después lo vi. desvanecerse. Sin saber que hacer me arrodillé junto a él sólo para escucharle decir:

- Te lo dije, cada vez que la veía la muerte me rondaba, y hoy en su mirada me di cuenta. Me voy a morir de amor.

No dijo más. He intentado entenderlo, pero no, yo no poseo el loco corazón de Nataniel y para mí el amor y la muerte nunca serán lo mismo…

Perla Guijarro

31 de diciembre de 2007

lunes, 10 de diciembre de 2007




La calma retorna a mi mundo, después de dos semanas, quizá tres, de autotortura emocional, de días desprovistos de hambre, de, ¿por qué no decirlo?, dolor, las cosas vuelven a la normalidad.


No es que de pronto haya encontrado una pócima mágica que cure todos los problemas. El "origen de mis males" (lastima que no de mis "bienes") sigue tan presente como siempre, con esa característica que me maravilla y me aterra a la vez; sin embargo una vez que decidí enfrentarme a mis emociones las cosas cambiaron.


Fueron días difíciles y llenos de caos. Hacia donde quiera que me dirigía la tristeza se aferraba a cada unos de mis huesos. Las noches eran largas, eternas más bien, y las palabras se tornaban instrumentos de tortura.


La respiración se volvía un plasma denso que lastimaba mis pulmones, mis ojos amenazaban diluvio a cada instante. Me volví más taciturna, más callada, más susceptible, más triste de lo que había sido.


La luna me hería, las miradas rasgaban mis ojos, y había una voz que me transportaba al punto más alto del cielo y me dejaba caer al mismo instante.


Por primera vez me permití sentir con toda la intensidad que poseo y casi me autodestruyo. Estaba muriéndome de esa enfermedad que no es fácil de curar y que desvanece y aniquila hasta al más fuerte.


No he dicho que ya este "curada", digamos que simplemente he entendido que hay cosas que el ser humano no conseguirá por más que intente y que a veces es mejor seguir existiendo que aferrarse y vivir de obsesiones.


Por ahora todo marcha bien, no me he vuelto inmune, soy incluso ahora, más frágil que antes, sólo que ahora YA SÉ QUÉ SIENTO


La música ha cambiado dentro de mí. No más letras tristes por un tiempo.

sábado, 17 de noviembre de 2007

TIC TAC TAC TIC



Entre el trabajo; las prisas; el corazón remendado; las personas que vuelven y la sonrisa más hermosa que haya visto, noviembre sigue su curso. Cinco libros en quince días no esta mal. Tres desilusiones en una semana esta mejor. Tantos latidos en un día es un milagro. He empezado a leer “Memorias de una geisha”, un libro muy largo que pretendo terminar este fin de semana, sin embargo, debo dormir, ir al Doctor, cortarme el cabello, adelantar trabajo, escribir y seguir odiando a cierto aspecto del mundo. No creo tener tiempo suficiente.



Mañana no hay taller así que trataré de dormir todo lo que pueda. Lo necesito, creo que tantos sueños en pleno día me están afectando. Hasta he tomado una decisión drástica:



Extirpar a todo aquel sentimiento que no me sirva para nada…



Sin duda mis divagaciones son sólo producto de la excesiva vigilia.



Me despido…



“Quiero decirte tan sólo, que me he quedado tan solo…”

viernes, 16 de noviembre de 2007

INTERROGATORIO.












¿Tú que sabes del amor?



Si el llanto de las flores te domina,



si las nubes cubren tu mirada de pez enjaulado.





¿Qué dicen los silencios que te habitan?



¿Cuál es la queja de la sangre que recorre tus escombros?





Puedo caminar,



encontrar el pajar escondido entre agujas,



cocinar mentiras



fingir sonrisas.





¿Y Esperar?

domingo, 23 de septiembre de 2007

La Rana que quería ser una rana auténtica


Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello. Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl. Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica. Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían. Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.



Y yo me pregunto: ¿Dónde he visto esto antes?
 
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