lunes, 29 de junio de 2009
lunes, 15 de septiembre de 2008
OBALDA IV
Cuando Matías despertó había dejado de llover. El sol, oculto durante un año debido a la lluvia que no dejó de caer, iluminaba cada rincón del pueblo de Obalda.
Matías, sorprendido por el silencio de esa mañana, se lavó el rostro e intentó acomodar la necedad de su cabello con poco éxito, mientras pensaba en los árboles que en el patio intentaban superar el ahogo en el que habían permanecido por tanto tiempo.
Encontró a su madre mirando por la ventana, le pareció tan concentrada que no quiso interrumpirla y salió a la calle sin despedirse. Lo recibió una sensación casi olvidada de calor. Pudo notar cómo los charcos formados en las calles empezaban a evaporarse y cómo los animales empezaban a aparecer por doquier luego de que permanecieran ocultos –desaparecidos, según las teorías de otros- durante todo el tiempo en que el cielo descargó su humedad sobre Obalda.
Por todos lados se podía percibir el efecto que la salida del sol provocó en el pueblo. Durante su trayecto, Matías pudo ser testigo de cómo Librada Peralta, la beata del pueblo, convencida de que sus ideas diluvianas eran falsas se lanzaba desnuda a las calles ofreciéndole su cuerpo a todo aquel con el que se topaba. “Ayúdame a perder la castidad, que con rezos no se llega al cielo” le dijo de frente a un Matías que, perturbado por el calor o por la visión de esa mujer de largos cabello y un cuerpo que conservaba el aroma de la juventud, se pasó de largo.
Pudo notar como un aroma distinto se respiraba en el pueblo; Obalda había sido durante un año un lugar triste desde el inicio de lo que muchos habían comenzado a llamar “El diluvio obaldavial”. Las costumbres se habían modificado a consecuencia del capricho de la naturaleza; hubo que abandonar las festividades; cambiar el estilo de vida; adaptarse a la humedad antes de que esta terminara por consumir todo con su lento pero imparable espíritu devorador; por eso no le sorprendió ver a las mujeres barriendo los patios con una imperturbable sonrisa ni escuchar cómo los hombres que se dirigían a sus labores entonaban canciones mientras el vapor que emanaba la tierra los iba cubriendo lentamente.
Matías pensó en Rufina, en su boca llena de promesas y placeres nocturnos, por alguna razón pensaba que si ella se había ido poco antes de la lluvia irremediablemente regresaría con el cese de esta; sin embargo al pasar por su casa pudo ver las destartaladas ventanas y el ya derrumbado techo acompañados de la soledad de siempre.
“Se fue con el viento, entonces vendrá con él” pensó intentando consolarse…
viernes, 6 de junio de 2008
ENTRE CENIZAS
jueves, 24 de abril de 2008
OBALDA
Matías se acomodó en una silla; colocó el montón de hojas sobre la mesa y tomando la pluma intentó escribir. Tras unos segundos de silencio desistió de su propósito. ¿Para qué escribir esa historia; para qué contarle al mundo lo ocurrido si sabía que nadie lo creería?
Escuchó el sonido del viento allá afuera; los cristales de las ventanas temblaban una y otra vez, anunciando la llegada de la que sería una noche de insomnio para él. Una vez más intentó emprender la tarea que se había propuesto, acomodó las hojas y empezó a escribir mientras el viento despojaba de sus últimos ropajes a los árboles.
Hace días que no llueve en el pueblo; el acontecimiento ha mantenido demasiado alteradas a las mujeres, acostumbradas a repetir una y otra vez historias de gente viviendo entre la humedad y la tristeza que se le pegan a uno al cuerpo, como una especie de moho, a consecuencia de la lluvia que no ha cesado de caer en ocho años, hasta la mañana de este martes.
lunes, 31 de diciembre de 2007
LA MUERTE EN TUS OJOS
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Jaime Sabines
- Me estoy muriendo de amor- dijo mirándome fijamente a los ojos mientras las lágrimas bajaban en un abundante manantial por sus rostro.
- El amor no es una enfermedad, si acaso un mal innecesario- le dije con ironía- la olvidarás.
Me miró como si yo fuese e un ser extraño venido de un lugar lejano sólo para menospreciar sus sentimientos.
- Cuando asistas a mi funeral te darás cuenta de que es cierto, la muerte me ronda cada vez que mis ojos se pierden en las comisuras de sus labios.
- Nataniel, estás loco, entiéndelo, la gente no se muere de amor.
Hacía frío, la medianoche caía inhóspita entre las calles, la plaza desierta había adquirido bajo la luz lunar un toque de melancólica soledad. Parado frente a él me di cuenta de que realmente sufría; sin embargo no estaba de acuerdo con su teoría exagerada acerca de la muerte y el amor. Me había pasado una y otra vez, la desilusión se había apoderado de mis noches muchas veces y seguí respirando, en ocasiones muy a pesar mío.
-Vamonos - le dije- me estoy congelando y no hay nada que hacer.
-¿Sabes qué es un amor imposible, Rogelio?
-Vamos, no sigas con tus cosas.
- ¡Responde!- dijo entre sollozos.
- Pues, supongo que un amor imposible es aquel que jamás podrá ocurrir, aquel que jamás será nuestro- Contesté malhumorado.
- Exacto, con un amor imposible perdemos un año de nuestras vidas cada vez que miramos a esa persona que jamás será nuestra, y te juro, Rogelio que si me la sigo topando tarde o temprano me voy a morir.
No respondí. Su extravagante manera de ver los sentimientos empezaba a desesperarme. Así había sido siempre. El primer recuerdo de nuestra amistad era un Nataniel golpeándome por haber dicho que mis padres se odiaban.
“¡No tienes derecho a pensar que conoces los sentimientos de los demás!
Muchas veces durante los quince años de amistad que teníamos lo había escuchado decir que esperaba a la mujer que lo hiciera entrar por primera vez a la vida. Ni en los tiempos de juventud, burdeles y amores fugaces conseguí que se interesara en alguien. Me preocupaba la soledad en la que a veces se encerraba. Semanas enteras enclaustrado en su cuarto, noches en vela escribiendo las frases más cursis para esa, la mujer que no llegaba. Curiosamente Nataniel había padecido una silenciosa y pálida muerte: La muerte de aquellos que pasan los días esperando un espejismo que nunca llegará.
- Va a ser perfecta, cuando la tenga frente a mí sabré que es ella. Su sola mirada valdrá todo el tiempo de esperas y desvelos- Me decía una y otra vez. Yo, sólo lo veía, unas veces con burla, he de admitirlo, otras con lástima. “Un tipo cómo él no encaja en este mundo, si no sé da cuenta de cómo es en realidad la vida yo no sé que será de él” Pensaba al verlo garabatear palabras y más palabras, mientras suspiraba bajo la quietud de las madrugadas.
Al fin, una noche de septiembre vi como su expresión taciturna se transformaba al verla entrar a la habitación. Era Mercedes, una mujer hermosa sin duda, poseedora de una sonrisa de encanto y una personalidad arrobadora. Probablemente yo también me hubiese quedado prendado de ella sí no hubiese tenido el mínimo defecto de ser la hija ilegítima de mi padre.
Nataniel, temblaba cuando me arrastró hacia la estancia para decirme:
- ¡Es ella, Rogelio, es ella!
Siempre pensé que lo mejor para Nataniel sería encontrar a la “tan buscada mujer” antes de que los años se llevaran lo mejor de él. En realidad siempre me preocupó que un día terminara realmente trastornado. Sin embargo, para mí pesar, la solución a la extraña personalidad de mi amigo no fue Mercedes, muy por el contrario la melancolía se le agudizó, dejo de comer y las noches de insomnio se convirtieron en su vicio. Todas las noches venía a casa, pero frente a ella no decía palabra alguna, si bien es cierto que su mirada hacía evidente el fervor que le profesaba nunca hizo nada por acercarse a ella, más que provocarle repentinos sonrojos debido a la pasión que se desbordaba por los ojos de él cuando la tenía cerca.
Una noche, llegó temprano a casa, me llevó al estudio y me dijo:
- Es hora de decírselo, es hora de que sepa que es a quién tanto esperaba.
Me quedé callado, esa misma tarde me había enterado de algo que sin duda trastornaría el futuro de muchas personas, incluido el de Nataniel.
- Siéntate y escucha con atención- dije- Mercedes ha venido al pueblo por una única razón, como mi padre ya no está con nosotros ha venido a pedir mi aprobación para… bueno, ella va a casarse y planea venir a vivir aquí con su esposo.
Mi amigo se quedó quieto un largo rato, sin expresión alguna en su rostro, sin, casi podría asegurarlo, siquiera respirar. Su única reacción fue salir calladamente del cuarto y caminar hasta la puerta. Horas más tarde lo encontré en la plaza vacía, lloraba y repetía una y otra vez que moriría sin ella o cada vez que la viera.
- Vete unos días del pueblo, aléjate de ella, verás como eso te ayudará a olvidar.
No contestó y me sentí seguro de que analizaba la posibilidad de poner en práctica mis palabras, por eso fue que la noche siguiente me sorprendió verlo llegar a casa a la hora habitual.
- Creí que me habías dicho que te hace daño verla- lo dije al verlo llegar- ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
- Acelerando mi muerte- contestó pasando a la sala. Pude notar que no había dormido en días. Las ojeras habían adquirido un tono morado que contrastaba con la palidez de su rostro.
Pasaron los tres meses de amonestaciones y no hubo noche en que Nataniel no visitara nuestra casa. En todos esos días la sorpresa no dejo de invadirme cada vez que lo veía cruzar la puerta y sentarse frente a ella sin decir nada. Aun ahora no puedo entender de dónde sacaba el valor para continuar torturándose noche tras noche. Ni siquiera faltó el día que el prometido de Mercedes asistió a pedir su mano. Yo sabía que sus madrugadas estaban llenas de llanto y que casi había dejado de probar alimento; pero él no era un ser humano común y corriente al que uno pudiese ayudar con facilidad. Intenté una y otra vez persuadirlo de continuar con las visitas, pero jamás obtuve resultados. Pasé largas horas discutiendo con él, intentando hacerle entender que la gente no se moría por un sentimiento tan común como el amor, pero hacía caso omiso de mis palabras.
Hace tres noches descubrí que debí prohibirle la entrada a nuestra casa a tiempo. Llegó un poco tarde. La familia estaba reunida en la sala. Al día siguiente Mercedes se casaba y discutíamos los últimos detalles. Nataniel estuvo más taciturno que de costumbre, pude notar como minúsculas gotas de sudor le empapaban la frente. No dijo nada, sin embargo pude notar cómo esta vez su mirada era aún más insistente. Mercedes debió notarlo también pues mantenía la vista baja, como intentando evitar un último e inapropiado sonrojo. Supongo que no lo consiguió, supongo que la veneración que ese hombre le había profesado durante todos estos meses pudo más y al fin levantó la vista. Clavó sus ojos en los de él y esa única mirada se prolongó más de lo conveniente.
Inesperadamente se levantó y sin decir nada salió de la casa. Fui tras de él, caminaba tambaleante y una cuadra después lo vi. desvanecerse. Sin saber que hacer me arrodillé junto a él sólo para escucharle decir:
- Te lo dije, cada vez que la veía la muerte me rondaba, y hoy en su mirada me di cuenta. Me voy a morir de amor.
No dijo más. He intentado entenderlo, pero no, yo no poseo el loco corazón de Nataniel y para mí el amor y la muerte nunca serán lo mismo…
Perla Guijarro
31 de diciembre de 2007
martes, 4 de septiembre de 2007
LA PROMESA
miércoles, 8 de agosto de 2007
MALA SUERTE
lunes, 6 de agosto de 2007
HUMANIDAD.
Cornelius apagó el notivirtual con un chasquido de dedos. Al instante la figura del reportero se desvaneció en el aire.
—¿Por qué lo apagas?— dijo Atenea con voz chillona.
—No te pierdes de nada, siempre son las mismas mentiras; la misma farsa. — dijo Cornelius mientras se ponía su vieja chamarra de piel.
—¡Ahí vas de nuevo a la calle con esa antigüedad, debería darte vergüenza!—recriminó Atenea— ¡No sé por qué me casé contigo!
—¡Anda, mujer, calla, que no me vas a venir a cambiar a los 95 años!— dijo, señalando las tres arrugas que habían aparecido en su rostro y el cabello que apenas empezaba a blanquear.
Salió del departamento dejando tras de sí los reclamos de su mujer. Abrochó la chamarra y se dirigió al museo. Le gustaba pasar ahí las tardes; emocionado con la visión del pasado; con la idea de que todo estaría mejor si él pudiese regresar el tiempo.
— Atardecer pleno, Don Cornelius— saludó el guardia del museo.
— Atardecer pleno, XZ400— contestó él, alejándose rápidamente.
La visión de esos seres plastificados le provocaba nauseas. En ocasiones llegaba a imaginar que personas de su pasado se veían reflejadas en la piel brillante y gelatinosa de esas criaturas fabricadas por centenares en los últimos 80 años.
Entró en la sala tres: “Inicios del siglo XXI”. Había crecido en esa época, disfrutando la calma aparente que todavía reinaba en esos años. En el 2015, él aun un adolescente, todo cambió. Se estremecía al recordar la incertidumbre y el caos que reinaron durante veinte años y lo ocurrido a sus padres y a millones de personas que habían sido convencidos de que el progreso exigía sacrificio.
—Por Xúpiter, ya supéralo, Cornelius, mira la tranquilidad en que vivimos ahora— le decía casi a diario su mujer.
Él jamás olvidaría, lo supo la noche en que la paz se restableció en el mundo bajo el mando de Xúpiter. Los sobrevientes vieron en este personaje a un héroe, un Mesías al que empezaron a venerar y a obedecer ciegamente. Cornelius vio en él a un monstruo cuyo único propósito era conseguir la propagación de los “XZ”.
— Disculpe, Don Cornelius, ya vamos a cargar—interrumpió sus pensamientos el guardia, indicando que el campo electromagenitico iba a ser activado.
— Ahhh, sí, XZ400, ya me voy— sonrió fingidamente.
Salió, afuera la lluvia rojiza había iniciado. Cornelius se arrepintió de no llevar puestos el sombrero y la chamarra para días lluviosos. Le repugnaba sentir las gotas tocando su piel. Sabía que ese color rojizo provenía de las industrias que se dedicaban a la fabricación de “XZ”.
Cuando llegó a casa, Atenea lo esperaba. Su rostro reflejaba tristeza y resignación.
— Ya se los llevaron— dijo ella.
— ¿Hace cuánto?
— Hace una hora. Traían las órdenes de contribución.
— ¿A quienes se llevaron esta vez?
— A Helena, Agamenón y Venus.
— ¡Malditos, primero dos de mis hijos y ahora mis pequeños nietos!
— Es lo justo— dijo ella— Ya sabes como funcionan las cosas: “Para disfrutar hay que sacrificar” — parafraseó el lema de Xúpiter.
— ¡Disfrutar, mierda!
La dejó hablando sola. Salió a pesar de que la lluvia roja lo empapaba. Supo que jamás sería feliz en ese mundo. En una esquina se topó con un “XZ” que le sonrió. Cornelius sintió un escalofrío intenso y termino vomitando en plena calle frente a la mirada atónita de la criatura.
Cuando se repuso miró con desprecio las imágenes de Xúpiter en todos lados, lanzando sus discursos a diestra y siniestra.
Supo que ese ser monstruoso podía convencerlos a todos; pero a él nadie le iba a venir a decir que derretir a su familia para construir “XZ” era en pro de la humanidad.
– ¡Al carajo con la humanidad!— dijo mientras sacaba un revolver, último recuerdo de su padre y le apuntaba a uno de esos seres en la frente…
jueves, 8 de febrero de 2007
EL CUMPLEAÑOS.
Terminó de comer y miró por la ventana. Le pareció que el día era demasiado gris, como si el frío que calaba entre sus huesos le diera a las horas esa tonalidad. Tomó la chaqueta y salió apresuradamente, un aire húmedo y helado golpeó contra su rostro, en efecto, el día era gris, las nubes acumuladas en el cielo daban una tonalidad grisácea a las calles, a los escasos peatones, a cada pared y cada auto. Miró el reloj, las 7 AM. A lo lejos escuchó una sirena de ambulancia que rompió con la calma matinal.
Al pasar por la tienda de abarrotes le salió al paso Doña Luisa, parecía más joven que de costumbre, sonreía mientras la miraba fijamente.
- ¡Buenos días, cómo va ese cumpleaños!- dijo mientras se acomodaba la bufanda.
-Todo bien, todo bien- no le quedó más que contestar- como siempre, todo muy bien- dijo mientras apretaba el paso.
Pensó que el primer obstáculo estaba superado, la primera pregunta había sido contestada con honor, al menos hasta ese momento en realidad todo estaba bien.
Dio vuelta hacia la izquierda en el semáforo, no quería toparse de frente con el dueño de la carnicería así que tomó un camino distinto. Una cuadra después, cuando empezaba a pensar, que en efecto, su objetivo estaba cerca de ser cumplido, escuchó tras de sí una voz conocida.
-¡Rocío, buen día!, ¿disfrutando del cumpleaños?
-Buenos días- contestó mientras se volvía para fingirle una sonrisa al carnicero- se hace lo que se puede, se hace lo que se puede.
-Menos mal, mi mujer me mandó a buscarte, claro si no estás ocupada, o, ¿ya es tarde?
-Muy tarde, ya veremos luego- dijo mientras el microbús por primera vez pasaba justo a tiempo- ¡Ya veremos!
Se acomodó en el último asiento. Miró de reojo a la mujer que ocupaba un lugar al lado suyo, no parecía ser una conocida. Un poco más calmada, miró por el cristal, le tranquilizaba ver como empezaba a alejarse de esas calles que por el momento le resultaban peligrosas. La mujer a su lado se dio cuenta que la observaba y le sonrió, no le quedó más remedio que corresponder a tal gesto.
-Hace mucho frío, ¿verdad?, y yo que tuve que dejar a mis hijos en la casa, ¡pobrecitos, traen una gripa que no los deja levantarse de la cama!, y luego mi mamá ya está viejita, a mi me preocupa que puedan contagiarla, pero no tengo nadie más que me los cuide, pero bueno, son unos niños muy tranquilos, fíjese que el mayor cumple 10 años hoy, pobrecito, va a pasar su día todo enfermo y sin su mamá, pero bueno, en la noche le voy a llevar un pastel, ya sabe como son los niños, se emocionan con apagar las velas...
-¡Bajan en la esquina!- dijo, ignorando las palabras de la mujer.
Caminaba con prisa mientras repasaba mentalmente las cosas que deseaba hacer en la semana. Sacudir, lavar las cortinas, cambiar el empaque a la llave del fregadero, barrer el patio, terminar el trabajo pendiente. Sería una semana ocupada, y eso, le hacía sentirse feliz.
Sintió más frío y hundió el cuello en su chaqueta, empezaba a sentirse resfriada. Al llegar a su trabajo, fingió no ver al conserje que la miraba extrañado por la hora inusual de su llegada.
Las oficinas estaban vacías, las 7: 45 AM, en unos minutos sus compañeros empezarían a llegar. Se sentó en su escritorio y prendió la computadora, mientras su cara adoptaba un gesto de desagrado.
El primero en llegar fue Mejía, sus dientes de ratón le sonrieron maliciosamente, ella sólo hizo un breve ademán con la cabeza y abrió el archivo que se encontraba a su izquierda.
La Licenciada Guerrero pasó rápidamente frente a su escritorio, no sin antes haberle lanzado una mirada maliciosa.
Se levantó y fue a la cafetera, el café humeante la reanimó un poco, pensó que tal vez ese día no iba a resultar tan perfecto.
-Gran día, ¿no?- dijo Sandoval mientras la tomaba del brazo- Te ves mucho más linda que ayer.
Ella lo miró con desprecio, mientras él se alejaba sonriendo.
Dos horas después había terminado de teclear todos los expedientes, la oficina estaba llena y sentía que todos los presentes la miraban con malicia. Se levantó del asiento y cruzó el pasillo con excesiva incomodidad, observó de reojo cómo todos parecían observarla. Abrió la puerta del baño. Al entrar puso seguro a la puerta, y abrió la llave del lavabo, el agua estaba helada pero colocó sus manos bajo el chorro. Imaginó cómo todos en la oficina se estarían burlando de ella. Se miró en el espejo, mientras le parecía estar viendo la enorme calva de Sandoval sonrojándose por las carcajadas. Sintió asco tan sólo de pensar en el nauseabundo olor que su perfume combinado con la loción anticalvicie producían.
Lo que más la enfurecía era pensar en la satisfacción que Rosita, la secretaria, estaba experimentando mientras todos comentaban su secreto a voces.
Empezó a sentir un leve dolor de cabeza, su párpado derecho empezó a temblar como ocurría en los momentos de mayor estrés.
Tocaron a la puerta del baño.
-Está ocupado-dijo bruscamente.
Estuvo encerrada media hora, repasando múltiples soluciones a su problema, buscando la mejor manera de salir airosa de la situación. El dolor de cabeza era ya insoportable y un escalofrío persistente la había invadido. Le pareció ver que movían la perilla de la puerta. Se asustó y corrió a abrir la puerta. Nadie. Todos habían salido a comer, la oficina estaba vacía. Salió lentamente con temor de toparse con alguno de sus compañeros. Llegó hasta su escritorio. Se disponía a regresar a su trabajo cuando escuchó gritos tras ella.
-¡Feliz cumpleaños!- gritaron todos al unísono mientras Rosita colocaba el objeto de su desdicha en el escritorio.
Vio como las sonrisas se extendían en su rostro, cómo la calva de Sandoval se sonrojaba, cómo los dientes de Mejía le hacían esa mueca insoportable, el dolor de cabeza aumentó peligrosamente, no escuchaba ya sus risas ni sus gritos, sólo alcanzaba a ver sus sonrisas indiscretas, su secreto emergiendo de todas las miradas.
-¡Con una chingada, cumplo cuarenta, ya no estén jodiendo!- gritó mientras salía corriendo de la oficina.
En la entrada se topó con el conserje y pudo darse cuenta que también él lo sabía.




